Prácticamente toda mi vida adulta me la he pasado emprendiendo, persiguiendo dos objetivos fundamentales: uno, obtener el dinero necesario para vivir en el mundo real (especialmente en Latinoamérica), y dos, encontrar algo que me dé alegría hacer, algo que no implique un sacrificio personal.
Si soy brutalmente honesto, la conclusión es que todo lo que hice en el pasado, todos esos emprendimientos que inicié, los hice mal. Fracasé. Si alguno hubiera tenido éxito total, no estaría haciendo lo que estoy haciendo hoy; habría continuado con ese proyecto.
El Fracaso es Solo una Etapa
El punto clave es que no tengo de qué arrepentirme, y no me siento mal por ello. He emprendido, lo he intentado y he fracasado. El fracaso es una palabra a la que le tememos muchísimo, pero no hay por qué.
Algunas personas tienen la fortuna de descubrir su vocación muy jóvenes; otros, como yo, hemos tenido que ir experimentando en la vida, buscando esa mezcla que nos hace felices y que, a la vez, nos sostiene económicamente.
Este no es un parte de victoria, ni una justificación. Por supuesto que he atravesado momentos difíciles, me he sentido frustrado y mal. Pero he logrado, la mayoría de las veces con éxito, evaluarme para entender las causas de esos cierres y abandonos. A veces fue falta de conocimiento, a veces exceso de confianza, y otras, simplemente la falta de recursos suficientes. Y lo confieso: en algunas ocasiones, el autosabotaje, el miedo y la inseguridad fueron mis peores enemigos.
No se Vale Abandonarse a Sí Mismo
Hoy, con más de 50 años, estoy aquí. Estoy haciendo algo que me gusta, que disfruto y que se conecta con actividades que me permiten seguir subsistiendo.
Este es un mensaje que quiero compartir, tanto para las personas más jóvenes que se sienten frustradas porque algo les falló, como para las personas de mi edad o mayores: no nos rindamos.
Se vale cambiar de opinión. Se vale abandonar aquello que sabemos que no va a funcionar. Pero no se vale abandonarnos a nosotros mismos.
Hay muchas formas de encontrar nuestro propósito en la vida, ese Ikigai, o ese oficio que de verdad nos llene. He pasado momentos difíciles y momentos buenos, pero tengo una satisfacción profunda: nunca he sentido que estoy sacrificando mi vida o dejándome de lado para satisfacer los deseos o necesidades de otra persona. Y eso, es tremendamente satisfactorio. La persistencia en la búsqueda de lo auténtico es, en sí misma, una victoria.


